Por Jorge Dell’Oro / Arena Pública Consultores
Canadá es reconocida mundialmente como un país de amplia y prestigiosa trayectoria minera, lo que le permitió ser sede de grandes empresas y proveedores vinculados al sector minero. Estas ventajas, junto con la alta demanda mundial de cobre, litio, níquel, cobalto y tierras raras, deberían representar actualmente la activación de inversiones, pero no es así.
En los últimos años, la inversión minera en el país del norte ha sufrido una caída drástica: de los 4.400 millones de dólares en 2022 se pasó a 4.200 millones en 2023, con un retroceso adicional del 2% en 2024. A la espera de las cifras definitivas de 2025, las proyecciones ya anticipan resultados a la baja.
En este contexto, diversas empresas líderes han trasladado sus sedes a otras latitudes, mientras que otras evalúan seguir el mismo camino. ¿A qué se debe esta falta de interés inversor en un país con tal abundancia de recursos?
Según el informe de Fraser Institute de Vancouver, los inversores identifican la incertidumbre política como el factor determinante que disuade la inversión en múltiples jurisdicciones canadienses. Existe una marcada inseguridad derivada de disputas territoriales, la delimitación de áreas protegidas y la complejidad de las regulaciones ambientales
Para construir nuevos proyectos mineros, desarrollar tecnologías que mejoren la productividad, crear empleos y contribuir a la prosperidad, las jurisdicciones canadienses deben atraer inversiones. En 2023, la minería fue la segunda exportación más importante con 117. 000 millones de dólares a la producción económica total del país, superada sólo por la energía. Además, el sector proporcionó trabajo a más de 17.000 personas pertenecientes a pueblos originarios de ese país.
Para Argentina, que se encuentra en un proceso que podría integrarse al club de países mineros a mediano plazo, el caso canadiense es un espejo fundamental, para asegurarse un futuro sin sorpresas. Las malas políticas siempre generan incertidumbre y desalientan la inversión; por ello, si realmente buscamos consolidar nuestro potencial, el desafío es claro: eliminar la ambigüedad regulatoria y establecer un marco político predecible. En definitiva, aprender del espejo ajeno es la mejor forma de no repetir errores propios.